lunes 24 de noviembre de 2008

Me quedé con la miel en los labios. Y no digo que me dejaste, digo que me quedé. Porque yo quise. Porque si anoche la decisión hubiera sido tuya, se nos habría terminado la miel en cuestión de segundos. Pero la misma miel para dos mujeres distintas, no termina de convencerme. La quiero para mí sola (añade esa cualidad , junto con la impaciencia, a mi lista de imperfecciones).
Anoche juraste anhelar mi cuerpo. ¡Y yo me reía! ¿Cómo no me voy a reír? Lo tuviste en bandeja, sin haberlo pedido siquiera. La miel la ponía yo. A ti sólo te quedaba abrir la boca, pero no te dio la gana.

Tú marcaste las reglas una vez. Ahora, las marco yo.

martes 18 de noviembre de 2008

Es como si siempre se hubieran conocido. Es como si hubieran sido creados para el otro, porque de nada serviría que existiera sólo uno de los dos. Él necesita su sonrisa para seguir adelante y ella no puede vivir sin la de él. Son almas gemelas, lo comparten todo, se entienden a la perfección. Ella sabe que si cae, él estará esperando para recogerla y él sabe que, si en algún momento se pierde, le bastará con extender la mano para que ella le guíe. No quieren a nadie de una manera tan intensa como se quieren el uno al otro. No necesitan a nadie más para aguantar cualquier situación.

Se conocieron en un bar, hace dos o tres años. Llevaban tiempo observándose, yendo siempre al mismo lugar con la única esperanza que el otro también apareciera. Por el miedo a romper la magia, ni siquiera se decidían a sonreírse, se limitaban a intercambiar miradas entre tragos. Una impulsiva decisión, un decisivo impulso, los empujó una noche a cambiar las miradas por las manos. Una sola noche hizo de la magia un espectáculo eterno.

Porque su perfección no termina jamás. Los miércoles, sólo los miércoles, desaparecen para el resto del mundo. Cada miércoles tienen licencia para tocarse, devorarse, pasar horas enteras saboreando la piel del otro. O para perderse, coger un avión y hacer una visita fugaz a casi cualquier parte del mundo.

El resto de la semana, no existe la pasión, no hay ninguna muestra deliberada de lo que hay entre los dos. No existen celos. De hecho, es frecuente verlos con otras personas. Y, por ilógico que pueda parecer, a ninguno de los dos les importa, porque ellos han elegido que su relación sea así. No necesitan que el amor del otro sea exclusivamente para ellos, porque entienden que el amor no está limitado a una sola persona y no cuestionan, no desconfían. En realidad, tampoco pueden amar más. Matarían por el otro.

Puede parecer frívolo, pero una relación así no se acaba nunca.

Una relación así es más que amistad, más que amor.

Es más que todo.

Es eterna.

viernes 27 de junio de 2008

Por lo visto no conoces la mirada

Me gusta la gente que sabe jugar y tú has demostrado que no sabes seguirme. Te viene todo demasiado grande, supongo. Podría llevar un eterno tira y afloja contigo, creo que nunca me cansaría de tu sonrisa (porque menuda sonrisa). Pero hoy, hoy me he cansado de esperarte, de ayudarte y de intentar entenderte. He aguantado poco, lo sé. Pero soy impaciente, te avisé hace unos días. Y has puesto a prueba mi paciencia, no me gustan las cosas a media tinta.

Avísame cuando te decidas, sigo queriendo acostarme contigo.



[Es curioso que diga esto hoy, porque mañana volveré a estar ahí, intentando rescatarte porque soy una de los pocos que te comprenden. Y tengo que admitir que te cogí cierto aprecio y me preocupa que la olvides cuanto antes. No por mí, sino por ti, porque sufres más de lo que te mereces. Aunque tal vez así consiga que aquel "te quiero" llegue a ser de verdad.]

domingo 8 de junio de 2008



He descubierto que me parte el alma ver a un hombre llorar por amor.




¿Conoces esa mirada que tienen las mujeres
cuando quieren sexo contigo?

Me atrevería a curarte, si me dejas
.

jueves 29 de mayo de 2008

Me estás empezando a cansar, ¿sabes? Llevo toda la vida esperándote y no vienes. De hecho, estoy empezando a pensar que te escapas cuando me ves.
Juro que voy pendiente a cada paso que doy, por si te escondes detrás de alguna esquina, pero no he logrado verte todavía. Me quito el vestido de vez en cuando, ante completos extraños, para ver si así me sientes y te da por acercarte a mí pero obviamente, con ellos no funciona. Aunque lo mismo me da, porque me he decidido a encontrarte. Últimamente, más que nunca, miro bien cada nuevo rostro pero, por mucho deseo que haya, a ti no consigo discernirte. Nunca, en ninguno. Hay alguno conocido ya, uno en concreto, en el que creo que podrías aparecer pero, la verdad, no me lo pones nada fácil. Las miradas sutiles – o las no tan sutiles -, las sonrisas, el coqueteo descarado, no parecen afectarte y yo no voy a insistir más. A mí me parece que él podría servir, pero si tú crees que no es él, allá tú. La cuestión es que me elijas pronto a alguien, que el vestido me empieza a dar frío. Se supone que llegas cuando a ti te da la gana, sin avisar, pero yo te diría que esta es una buena época. Se me empieza a derretir el vestido con el calor y no me vendría mal una ayuda para terminar de quitármelo. Si no me das a alguien que me desnude todos los días, tendré que buscar a uno cada noche y, sinceramente, me gusta acostumbrarme a una sola persona. Así que tráemelo ya, porque tengo ganas de sentirte, tengo ganas de calor, de que mi piel se pegue a la suya, de no poder separarnos, de sobresaltos cada dos por tres, de sonrisas estúpidas, de detalles, de fines de semana perfectos. Creo recordar que una vez te tuve cerca, antes del vestido, claramente. O eso creí en su momento, aunque finalmente pareció que era otro el que me miraba . Pero, como yo creía verte, fui feliz. Me engañaste, ¿eh? Se parecía tanto a ti...

martes 22 de abril de 2008

Mi vestido de cristal.

Ella tiene un precioso vestido azul, tan frío y brillante que parece de hielo, o de cristal. Es fin de semana y a Ella hoy le toca vestirse de hielo. Pasa horas delante del espejo, buscando rozar la perfección. Tacones, maquillaje y escote – Vuelve a estar preciosa esta noche.

Sale buscando a su presa de hoy. Regala frías sonrisas y miradas vacías. Ofrece besos a modo de saludo y noches infinitas a todo aquél que, en su opinión, es digno de ellas. En realidad, no es difícil conseguirlo. Hace tiempo que Ella ha perdido todo criterio, su corazón se niega a elegir para volver a equivocarse. Así que su fría cabeza selecciona a los que considera aptos y, puesto que ya no hay sentimientos en juego, no le cuesta encontrar un físico atractivo. Ella coquetea con cada uno de ellos, ignorando lo que dicen, esperando a que se decidan a dedicarle una noche. Pestañea, sonríe, suelta alguna carcajada de vez en cuando.

Comparte horas, noches enteras de placer y, al terminar, Ella coge sus cosas y se va. Sin dar explicaciones, sin dejar un número de teléfono y despidiéndose, si lo merecen, con simple un “Ha estado bien”.

Repite lo mismo noche tras noche, sin tocar dos veces al mismo hombre, sin dignarse siquiera a saludar a los que se llevó a su cama las noches anteriores.

Sin embargo, hay una cosa que nadie sabe de mi vestido y es que, cuando te acercas, desaparece, se deshace con tu calor. Si posas un dedo sobre él, se evapora para que roces mi piel. Tu presencia me rompe los tacones y me borra el pintalabios. El escote es sólo tuyo y mis manos se niegan a rozar otro cuerpo. Ella desaparece contigo, enfadada porque tú sabes romperle su vestido de cristal.

Aunque, en realidad, Ella no siempre ha existido. Apareció con tu carta de despedida, con la que le regalaste el vestido de hielo. Demasiado frío al principio, pero ahora que su piel se ha vuelto de piedra, le encaja a la perfección. Ahora, en la distancia, le sirve para protegerse de ti. Congela y adormece tu recuerdo hasta que casi ya no duele.

Cuando me pongo mi vestido, consigo olvidarme de ti.